viernes, febrero 09, 2007

Solo con invitación: La ciudad del Gran Rey, Óscar Esquivias

Ediciones del Viento, La Coruña, 2006. 404 pp. 20 €

Pedro M. Domene

La locura imaginada por Óscar Esquivias (Burgos, 1972) o, quizá resulte más acertado decir, el ambicioso proyecto convertido en trilogía «dantesca» que el escritor iniciaba en Inquietud en el Paraíso (2005), continúa ahora con La ciudad del Gran Rey, la aventura en el Purgatorio que se iniciaba en las últimas páginas de la entrega anterior. En realidad, para la primera novela Esquivias inventaba un auténtico trastorno que se torna en colectivo cuando la realidad histórica inicia el conflicto bélico de 1936 en la ciudad de Burgos, indiscutible bastión y baluarte de la rebelión militar, posterior centro de operaciones del ejército franquista. Así, un enigmático don Cosme Herrera cree poder acceder al Purgatorio a través del sepulcro del primer traductor al castellano de la obra del florentino, el arcediano Fernández de Villegas, para poder redimir, de alguna manera, la locura iniciada por el equívoco gobierno de la República.
La pretensión de Óscar Esquivias, indiscutiblemente ambiciosa e inteligente, no es otra que novelar parte de nuestra historia reciente, un tanto maltratada y vituperada en crónicas y documentos del momento, por la literatura y la realidad del 36, y las décadas posteriores. Aunque el escritor ensaya un más allá y a golpe de página va narrando y cincelando el ambiente de una sociedad tan conservadora e histriónica como la burgalesa, es decir, su rancia actitud ante los acontecimientos que se pregonaban muy a principios del siglo XX. El sarcasmo, la ironía, la mofa del escritor burgalés sobresalían en las mejores páginas de Inquietud en el Paraíso, y por ellas desfilaban párrocos, obispos, pequeño burgueses o militares, junto a liberales y progresistas que anteponían la legalidad del régimen constitucional a un conservadurismo caduco. El planteamiento narrativo ensayado mostraba ya en su primera entrega una visión expresionista que dotaba al relato de una riqueza de registros que se concretaban en un ritmo pausado de perfecta consecución y una sutil e irónica visión de las situaciones descritas. Todo ello narrado, además, con ese rigor histórico que en la segunda entrega La ciudad del Gran Rey se ha sacrificado para convertir el relato en auténtica ficción, en literatura; porque, entre otras muchas cosas, ahora sí, ofrece la peripecia divertida de una visión de conjunto que nos brinda la verdad de la primera y la ficción de la segunda de la mejor manera posible, fabulando o imaginando como siempre se espera de la buena literatura.
La ciudad del Gran Rey es el sueño de la expedición iniciada en la catedral de Burgos y a ese desconocido lugar a donde llegan los excéntricos personajes capitaneados por el sacerdote y el comandante Paisán. Pero, en realidad, cuando uno avanza en su lectura no llegamos a saber muy bien si realmente el Purgatorio se parece a Burgos, o quizá la propia ciudad castellana se parece a ese lugar celestial. Aventura tras aventura, los intrépidos visitantes deberán aprender a vivir en una esfera donde constantemente se pierden en el laberíntico espacio de unas calles y plazas que cambian de aspecto o de nombre, y sólo consiguen sobrevivir en un blocao donde, atrincherados, resisten hasta que don Cosme vuelva de su infortunada enfermedad y, una vez consciente, logren encontrar la traducción de Villegas, y sean capaces de identificar la puerta de vuelta a su querida ciudad. Resisten, durante buena parte del relato, porque reciben la orden de no bajar al Infierno y optan por encontrar la manera de valerse heroicamente en medio de la anarquía más absoluta, viven situaciones que se parecen a lo que ya conocen en su Paraíso particular, aunque a medida que pasen los días se verán envueltos en medio de una serie de lances entre los que tendrán que adivinar, conjurar o valerse de ungüentos y pócimas para buscar la salida. Entretanto, nuevos personajes se asoman a un relato que sobresale por su ingenio, por un calculado humor y un ácido sarcasmo que le sirve a su autor para repasar algunos episodios de nuestra historia o para poner en tela de juicio ciertos valores, como por ejemplo, la utilidad y validez del dinero, porque allí lo único valioso que pude tener un habitante son sus dientes y sus muelas.
Óscar Esquivias consigue hilvanar una historia repleta de acontecimientos, algunos absurdos y tan extraordinarios como imposibles, reflejo de una sociedad castigada entonces y secuela hoy de la mezquindad que caracteriza al ser humano. Sólo los limpios y puros conseguirán sobrevivir en un mundo posible como Esquivias ha querido imaginar. El resto quizá sucumba en ese Infierno que aún nos tiene que contar el escritor burgalés, pero esa será una nueva aventura que cerrará una trilogía sobre nuestra historia con excelentes dosis de humor y la mejor de las imaginaciones.



Óscar Esquivias: «Me interesa hacer literatura, explorar el alma y los sentimientos de una serie de personajes y contar una historia apasionante»

¿Dónde te sientes más cómodo, en el Paraíso, en el Purgatorio o en el Infierno?
—La verdad es que me siento más cómodo en el planeta Tierra.

Cuando te planteaste escribir esta historia, ¿pensabas que debería ser toda una trilogía para explicar la reciente historia de España?
—Mi propósito no es explicar la historia de España, Dios me libre: a mí me interesa hacer literatura, esto es, explorar el alma y los sentimientos de una serie de personajes y, a través de ellos, contar una historia apasionante con las palabras más persuasivas. Me apoyo en la Divina Comedia de Dante y de ahí la estructura tripartita del relato, que me sirve para jugar con los géneros literarios.

¿En aquella época, la ciudad de Burgos, a cuál de los lugares visitados por tus personajes se parecía más? ¿Y a los de Dante?
—En La ciudad del Gran Rey quería describir un espacio que resultara al tiempo familiar y fantaseado, como si los personajes no hubieran abandonado del todo España y hubieran entrado en un sueño en el que lo cotidiano se presentara como algo misterioso o amenazante. El mundo que dejan atrás los hombres que se internan en el Purgatorio no es más lógico ni humano que el que se encuentran en el Más Allá, al contrario: en La Ciudad del Gran Rey la violencia no tiene justificación, sucede como si fuera una fuerza de la naturaleza, ajena a la voluntad de los hombres. En 1936 se declaró una guerra en nuestro país porque hubo personas que se empeñaron activamente en imponer sus ideas (o sus intereses) por la fuerza. Desde este punto de vista, la España (no sólo Burgos) real, histórica, es mucho más desasosegante que cualquier escenario fantástico (incluidos los dantescos).

La ironía y el sarcasmo pueblan las páginas de tus dos novelas hasta el momento, ¿es necesario que el lector sonría de vez en cuando ante tanta atrocidad?
—No sé, no tengo una teoría definida al respecto. El humor tiene muchas manifestaciones y, en mi caso, a menudo surge en el proceso de escritura, sin que yo lo hubiera previsto de antemano. Creo que nunca he pensado: “Voy a escribir un capítulo o un cuento divertido”, mis ideas de partida jamás son cómicas. De hecho, soy la persona menos chistosa del mundo.

Si te dijera que el proceso de escritura de estas tres novelas se parece bastante a un proyecto barojiano, ¿qué me contestarías?
—Me encanta Baroja y todo lo que se pueda adjetivar como «barojiano» me interesa, así que no voy discutir a quien me aplique tal adjetivo (aunque me pueda parecer exagerado o inexacto, pero ¿a quién le molesta que le piropeen?). Inquietud en el Paraíso, con sus conspiradores, curas disparatados, militares y demás, quizá sí tenga un aire barojiano, pero no creo que sea el caso de La ciudad del Gran Rey, demasiado fantasiosa para lo que acostumbraba a escribir don Pío (me parece a mí, vaya).

Un adelanto para el curioso lector de tu próxima novela: ¿qué ocurrirá en el Infierno?
—Cualquier cosa. Ahora mismo estoy escribiendo esa parte y lo estoy descubriendo...

jueves, febrero 08, 2007

Trilby, George du Maurier

Traducción y postfacio de Max Lacruz. Funambulista, Madrid, 2006. 460 pp. 25,50 €

Marta Sanz

Trilby
de Georges du Maurier es, según reza en su faja promocional, el primer best seller en la historia de la literatura. El apellido du Maurier nos remite a Daphne, la maravillosa escritora de Rebeca y nieta de Georges. Unos dibujos de los personajes y situaciones de la novela, firmados por el propio du Maurier, ilustran el volumen de la edición de Funambulista y ayudan a poner cara a Trilby, a Taffy, a Svengali... Enseguida, me atrapan el clima alegre de la prosa, la potencia de los personajes, su encantadora ingenuidad. Me siento hipnotizada —igual que cuando de niña llegaba el domingo y me daban dinero para que me comprara un tebeo, igual que Trilby— por las aventuras de tres pintores británicos, Little Billee, Laird y Taffy en el Barrio Latino de París. Los tres se enamoran de la bella, aunque no canónicamente bella, Trilby O'Farrell: ella se dedica al planchado fino, tiene una voz potente que le brota como un vómito a causa de su falta de oído musical, lía cigarrillos que fuma en el estudio de los pintores, frecuentado entre otros por Svengali, y es modelo de desnudos. Trilby tiene unos pies bellísimos y un bellísimo corazón que se le puede ver a través de los pies, porque sus pies son el espejo de su alma. Trilby elige al sensible, moralista y bien dotado —para la pintura—, Little Billee, ante la mirada de Taffy, el buen gigante que vive su amor en silencio, y de Laird, el gracioso y confortable Laird que, por su condición aparentemente inofensiva, recibe las caricias de Trilby. El lector sabe que Laird estará subiéndose por las paredes, en cuanto a Svengali... Trilby le saca la cabeza a Little Billee y este detalle, junto al tabaquismo de la heroína, la hermosura de sus pies o la hipocondría de Billee, nos hablan de un escritor —de un dibujante— que cumple el requisito básico para la creación artística: saber mirar y capturar lo que de diferente hay en las cosas “convencionales”. En Trilby se pone de manifiesto el contraste entre el arte y la vida, el ideal y el sentido práctico, el deber y la bohemia, la juventud y la madurez, el Dios misericordioso y el Dios represor, la fantasía y las rutinas, la magia y la ciencia...
La familia du Maurier tenía mano para lo siniestro y para lo visual: la cara de Joan Fontaine está en las páginas de Rebeca, igual que los recovecos de Manderlay, y quizás, por esas aptitudes para la exageración cómica y terrible de la existencia, y para la construcción de la sensorialidad a través del lenguaje, Georges fue un magnífico caricaturista. La versión cinematográfica de Trilby la firma en 1931 Archie L. Mayo, y el actor John Barrymore es un calco de los dibujos de Svengali que hizo du Maurier: la cara de Barrymore, con los ojos en blanco, mientras hipnotiza a Trilby, ha pasado a formar parte del imaginario universal del género fantástico. Pero esa cara, ya estaba dentro de la cabeza de du Maurier y el término “svengali” ha pasado a designar, en la lengua inglesa, a ese tipo de personas que quiere apropiarse de la voluntad del otro.
El cine subraya el lado siniestro y mágico —es memorable la imagen del espíritu de Svengaly que sobrevuela los tejados de París para entrar en la habitación de Trilby—, la morbosidad romántica de una historia que du Maurier ofreció a su amigo Henry James; con inteligencia, James la rechazó, probablemente porque se conocía a sí mismo: Trilby no podía ser una historia para Henry, quien hubiera hecho de ella o bien un relato fantasmagórico, o bien un retrato de la moral victoriana enfrentada a los espíritus libres que pueblan el mundo del arte: Trilby O'Farrel no llegaría a ser una de sus estupendas damas estadounidenses, activas y un pelín vividoras y/o experimentales, pseudodesprejuiciadas, en contraposición al estrecho mundo de su imposible familia política... Hizo bien Mr. James en dejar la historia en manos de du Maurier porque, si Trilby sienta un precedente respecto al significado del best seller, es por su facilidad para transmitir imágenes nítidas —nunca las brumas psicológicas jamesianas que convierten algunos personajes en demasiado grandes para un lector acostumbrado a las simplificaciones en el dibujo—, su capacidad funambulesca para mantener el equilibrio en el alambre de lo inverosímil y por su casi enloquecida combinación de muchos y distintos registros: el eclecticismo de esta novela es, en gran medida, lo que entretiene al lector. El elemento fantástico, avalado por la razón científica del mesmerismo y la hipnosis, que tantos frutos dio en la literatura y el cine —recuerdo Los hechos en el caso del Dr. Valdemar—, se conjuga con digresiones sobre el arte, la religión y sus morales derivadas; la descripción de enfermedades románticas —Trilby se apaga como se marchita una rosa— se combina con la borrachera, con el retrato costumbrista de la bohemia y con el chiste; el enamoramiento hasta la médula y las grandes promesas, es decir, los elementos folletinescos —Trilby renuncia al amor de Little Billee para no destrozarle la vida y eso la convierte en buena y generosa a ojos de la madre de Billee, de sus amigos, del narrador y del propio du Maurier; también a ojos de unos lectores que la redimen de la culpa, casi insoportable para Billee, de que su amada haya posado desnuda—, con la transcripción de canciones e incluso con el guiño metalingüístico —Taffy debería enamorarse de la hermana de Billee desde el mismo instante en que ella se presenta en París, pero el narrador advierte de que las cosas no siempre suceden, tampoco en las novelas, como sería previsible...—. Combinaciones de elementos que no están lejos de la sensibilidad actual de los lectores de best sellers... Los que no somos lectores asiduos de best sellers encontramos muchos y buenos argumentos para saber en qué reside nuestra fascinación por este delicadísimo, conservador y falsamente ingenuo pastiche, que encierra no una, sino varias grandes historias.
Mi padre descubre en su biblioteca otro libro, que ha resultado ser el mismo que yo estaba leyendo: Svengali, publicado por José Janés, en Barcelona, dentro de la colección El manantial que no cesa, en 1947. Mi padre recuerda que Svengali fue uno de esos libros que marcó su propia infancia: el mesmerismo, la hipnosis, las imágenes en las que Svengali, el sucio, innoble y, sin embargo, superdotado músico —se puede ser malo y bueno a la vez y esto narrativamente es importante, porque su antagonista, Little Billee, resulta neurótico, antipático, engreído y estrecho— atrapa y padece los dolores de esa ingenua Trilby a quien, bajo su influjo, acabará convirtiendo en la cantante de ópera más famosa de su época. Svengali es una novela que pasó a formar parte de la sentimentalidad indeleble del niño que fue mi padre; Trilby es una novela que los lectores adultos leemos con la misma emoción que los libros de la infancia.

miércoles, febrero 07, 2007

Nocilla dream, Agustín Fernández Mallo

Canet de Mar, Candaya, 2006. 215 pp. 16 €

José Manuel de la Huerga

Fluir. Fluir es la propuesta narrativa de Agustín Fernández Mallo. Buscar los puntos de conexión neuronal entre lenguajes (ciencia que es ficción, ficción que es poesía postpoética) y crear un magma, una nocilla densa, voluntariamente fragmentaria. Algo que fragüe en su continua fluencia, una cuadratura de un círculo.
No quiero caer en las redes de su discurso, y escribir un texto teórico continuación de las críticas a la narración que, como provocación, aparecen en uno de los capítulos finales de Nocilla dream. Pero he de confesar que una vez inmerso en su aventura narrativa, uno cae, con facilidad, con gusto, en la espiral delirante de esa fluencia de personajes, situaciones, paisajes desérticos... y avanza, corre, en pos de ese final que se sabe inexistente, por la US50. Aunque, paradójicamente, acabe en un pueblo de la montaña leonesa, a la manera de un Bienvenido, Mr. Marshall.
Fernández Mallo, con su conjunto de relatos inteligentemente hilvanados, ha conseguido la fotografía en movimiento, no el cine, sino la foto movida de un puñado de personajes que ruedan entre dos puntos del planeta, los 418 kilómetros que distan entre dos ciudades del desierto de Nevada, Carson City y Ely, o sea, la carretera US50. Es una línea acotada entre dos puntos que, sin embargo, el autor pulveriza desde el primero momento, porque una red de sentimientos, recuerdos, sensaciones y predicciones hace que el lector, en ese continuo desbordamiento, se mueva por la geografía del planeta, Dinamarca, China, México, alguna micronación, Albacete... y lo acepte como otra forma de narrar nuestro hormiguero y de explicarnos a nosotros mismos como una foto movida.
Algo más de cien pequeños textos convierte Nocilla dream en un conjunto de relatos que se resisten al etiquetado, por más que el autor juegue continuamente con las etiquetas, ya sean científicas o de corriente poética innovadora (la poesía postpoética, que en una anterior crítica en este mismo blog causó una “conmoción en la fuerza”), en la biografía de la solapa, en la propia fotografía, supuestamente en Carson City, o en los textos teóricos sobre ciencia, cine, filosofía o sociología que introduce en la riada de textos narrativos concatenados, y abandonados.
Las narraciones, breves, fragmentarias, son unas veces microrrelatos, otras poemas con aliento de haikú, pero que adquieren relieve en cuanto el lector detecta que esos personajes tienen un punto de unión con algún personaje anterior, por azar, por pasar por la misma carretera y sorprenderse con la imagen onírica del único álamo de los 418 kilómetros, el único que encontró agua y crea un pequeño terremoto en la planicie que es ese desierto. El árbol está cuajado de zapatos colgados, y este motivo recurrente da cuerpo a la corriente de personajes y situaciones.
US50: una prostituta que deja el club en compañía de un hombre que atesora una colección de fotos, un grupo de cuatro rubias surferas, una mujer que engaña al marido, un marido y el hijo que se van a la montaña, una pareja que se ama al pie del árbol, el hacedor de cuadros con chicle, el lector obsesivo de Borges, el amigo del lector que se lleva a la prostituta... Todos fluyen como los cables de la luz, como las catenarias de este océano que es el desierto de Nevada, los números binarios, O-1, no ser o ser, zapato impar-zapato par, zapato que no ve el niño de la furgoneta, que es el zapato de su madre...
La sensación de corriente, de río que nos lleva, de azar y de indefensión en este paisaje desértico por donde transita la naturaleza humana es, a mi juicio, el mejor logro de la propuesta. Su supuesta experimentación dentro de un proyecto poético o narrativo de mayor trascendencia, acaso no sea más que un etiquetado, juego o provocación del autor. Eso sí, ha entrado en el espacio narrativo sabiendo domar perfectamente ese caballo desbocado que sería contar por contar. Los textos, en su brevedad, están magníficamente medidos y la contención es una de sus virtudes. Consigue de esa manera esbozar en los personajes características propias de las road movie: soledad, incomunicación, cierta ternura y melancolía, ciertas psicopatologías...que invitan al lector a seguir avanzando y buscarse en algún reflejo de ese ramo de personajes solos que circulan como electrones en torno a un núcleo de calor que puede ser ese árbol de los zapatos al que siempre regresamos.

martes, febrero 06, 2007

Las lanzas rotas. Sixto el celtíbero, León Arsenal

Premio Internacional de Novela Histórica Ciudad de Zaragoza 2006. Edhasa, Barcelona, 2006. 320 pp. 18,50 €

Elia Barceló

Las lanzas rotas es una novela muy sencilla. Y no es un reproche. En estos tiempos de larguísimas pentalogías, sagas eternas y multitudes de perversísimos personajes que le hacen la vida imposible al noble protagonista, una novela sencilla es muy de agradecer.
La peripecia se puede resumir así: sobre el siglo I, el joven celtíbero Sixto/Miro (uno es su nombre romano, el otro su nombre celtíbero) regresa a su hogar, después de casi toda su vida viviendo entre romanos, y tiene que hacerse un hueco entre los suyos. La aparición de un oso comedor de hombres le ofrece la oportunidad de demostrar su valor y de ser aceptado realmente como guerrero de su pueblo.
A lo largo de las páginas de Las lanzas rotas, el lector participa en la peligrosa aventura externa del joven cazador y a la vez en la mucho más interesante aventura de su propio crecimiento interior. Es un Bildungsroman de hace dos mil años, cuando el proceso de maduración no pasaba tanto por el crecimiento intelectual sino mucho más por la demostración pública de valores viriles: el arrojo ante las fieras y los enemigos, la lealtad de la sangre, la obediencia al jefe del clan, la habilidad en el manejo de las armas... Y es también una educación sentimental a través de la cual el protagonista irá descubriendo su lugar, no sólo en el mundo de los hombres, sino también en su comportamiento frente al eterno femenino, encarnado en esta obra en una mujer libre y selvática que tiene algo de hechicera y algo de Eva.
León Arsenal, que tanta imaginación ha demostrado en novelas como Máscaras de matar, y tanto lirismo en relatos inolvidables como “Ojos de sombra” (mi favorito absoluto dentro de su producción), demuestra en esta novela que su sencillez es intencionada, que lo que quiere hacer es precisamente eso y no otra cosa: mostrarnos el conflicto de identidad que sufre un muchacho que ya no es del todo celtíbero pero tampoco ha llegado a ser del todo romano, un conflicto de absoluta actualidad en nuestro siglo XXI en que cada vez hay más gente que ya no es «ni de aquí ni de allá» como decía la canción de Alberto Cortez.
Roma fue, en nuestras latitudes, la primera gran potencia globalizadora que fue fagocitando toda cultura con la que se encontraba hasta el punto en que, hoy en día, sólo los historiadores saben que en algún momento existieron esos «celtíberos pelendones» que ahora nos muestra Arsenal. Y eso lo hace con una frescura deliciosa, sin darnos más detalles de los estrictamente necesarios, sin martirizar al lector con largas descripciones para rentabilizar toda la documentación que ha tenido que estudiar para hacer surgir ese mundo frente a nuestros ojos.
León Arsenal nos cuenta en la novela la dura vida de unas personas que, a pesar de estar separadas de nosotros por casi dos mil años, son como nosotros —en sus ambiciones, sueños, anhelos y problemas— y a la vez no lo son porque las circunstancias que les tocó vivir eran diferentes y la manera de enfrentarse a ellas era también distinta por necesidad.
En manos de algunos anglosajones, Las lanzas rotas sería sólo el comienzo de una pentalogía: el nacimiento del héroe, la presentación de sus camaradas —tengo que confesar que me habría gustado ver más veces a Terialuga, ese brujo-herrero, medio hermano del protagonista y grandísimo personaje— para luego embarcarlos durante mil páginas en aventuras cada vez más rocambolescas. León Arsenal se contenta con mostrarnos un vislumbre de un mundo perdido, la pequeña peripecia de un muchacho entre dos mundos por labrarse una identidad en una sociedad tradicional que se hunde bajo el dominio de la Roma victoriosa y sofisticada.
El héroe de esta novela no lucha contra dragones, ni se enfrenta con un puñado de valientes a un ejército de orcos, ni tiene de su parte las artes mágicas de un poderoso mago, aunque sí hay magia: la magia natural de un pueblo primitivo. Su deber —autoimpuesto y por eso más terrible— es cazar un oso enorme y sanguinario; su apuesta es su propia vida y la de sus camaradas. Es una novela histórica, no una fantasía épica al uso. Sencillez. Menos es más.
De todas formas, y casi contradiciéndome a mí misma, no me molestaría leer más aventuras de Sixto/Miro y Terialuga, enfrentados ambos a ese vacío existencial, ese hueco por llenar que tan bien conocemos los que llevamos la mitad de nuestra vida en otro país, en contacto con otra cultura. No. No me molestaría en absoluto verlos luchar juntos para alcanzar su lugar en el mundo.

lunes, febrero 05, 2007

Las cosas perdidas, Lydia Carreras de Sosa

Ilustraciones de Javier Zabala. Edelvives, Madrid, 2006. 115 pp. 7 €

Ángeles Escudero Bermúdez

Lydia Carreras de Sosa resultó ganadora del XVII premio Ala Delta de literatura infantil con una novela nada usual. Las cosas perdidas es un libro atípico, por ello no quisiera dejar de señalar que el fallo del jurado —compuesto por Manuel L. Alonso, Carmen Blázquez, Carmen Carramiñana, Marina Navarro y Mª José Gómez-Navarro—, fue muy valiente al premiar esta obra, por diversos motivos. No sólo porque la novela tiene localismos y algún giro propio de su país, Argentina, sino principalmente por su temática arriesgada. Las cosas perdidas trata un tema adulto, la cleptomanía, vista a través de los ojos de un niño.
Estanislao, al que todos llaman Tani, se enfrenta de muy mal humor a un cambio de casa. Así comienza la historia, con la mudanza. El niño vive esta decisión adulta como una imposición que no le gusta y como un foco de problemas. Está enfadado y lo demuestra haciendo patente su indiferencia. La autora plasma esta circunstancia a la perfección al hacer que Tani, por dignidad, no sucumba ni siquiera ante las tentadoras pastas de limón, permaneciendo impertérrito pintando en el suelo sin dar su brazo a torcer.
La familia de nuestro protagonista la componen su hermana pequeña Paz, su padre y su madre, y otros dos personajes, esenciales además para la trama: tío Daniel y tía Ana. Nada más arrancar el primer capítulo aparece el conflicto: Tani ve cómo Daniel coge intencionadamente algo, en apariencia sin importancia —una cucharita—. Su mentalidad infantil se resiste a aceptar la evidencia, que su tío está robando, y contemplar cualquier explicación como plausible, incluso llega a creer que es un broma y que en cualquier momento desvelará a todos su intención, cosa que no sucede. A partir de ese suceso y de otros parecidos que se van produciendo en su casa, Estanislao inicia junto con su amigo Paco, una labor detectivesca para aclarar, o más bien demostrar, el origen de las desapariciones. Tani, además, se debate entre la certeza y la incredulidad, y no sabe cómo hacer a sus padres partícipes del problema. La resolución del conflicto se produce de forma inesperada y liberando a Tani de la responsabilidad de ser quien descubra a su tío ante los ojos de todo el mundo.
La novela está narrada por el niño en primera persona. Esto confiere viveza a la acción pero, a la vez, permite que el protagonista de Las cosas perdidas reflexione sobre los acontecimientos y sobre sus propios sentimientos. Tal y como el propio Tani dice en la página veinte del libro:
«Pero yo tengo una voz en mi cabeza que me tiene a raya.»
Esto, además, le da a la narración un punto de vista subjetivo y la reviste de cierto aire intimista poco habitual en la literatura infantil.
El amor también aparece, aunque tarda (página 94), de la mano de Elizabeth, con la que Tani vive esa experiencia única del primer enamoramiento. En Las cosas perdidas, se cuida el tratamiento de valores como la amistad, la lealtad o la familia. Parece importante a estas edades, además de iniciarles en la literatura, que no nos sea indiferente el tratamiento que se le da a ciertos temas. Por eso si se trata de educar en valores, si es que se trata de eso también, no puedo dejar de señalar que olvida uno de vital importancia: la igualdad entre niños y niñas. A lo largo de la novela nos encontramos con situaciones como que mientras los dos niños juegan al balón, las niñas ayudan a la madre a poner la mesa (pág. 19). O en la página 105 en la que mientras la madre recoge y friega los platos, padre e hijo comparten charla y confidencias. A mí, como a muchas personas que trabajan en coeducación me parece importante huir de los roles sexistas de una vez. Aunque debo decir, en honor a la verdad, que yo estoy especialmente sensibilizada con estos temas, y que la novela termina con una cena improvisada que hacen padre e hijo y, aunque les sale horrible, lo que cuenta es la intención.