viernes, agosto 04, 2006

La buena tierra, Pearl S. Buck

Traducción de Elizabeth Mulder, El Aleph, Barcelona, 2006, 395 pp. 18,90 €

Leah Bonnín

¿Quién de entre los lectores no ha leído o no tiene una madre, una tía o una abuela que no haya leído algún libro de Pearl S. Buck? Si no La buena tierra, seguro que leyeron Viento del este, viento del oeste, La estirpe del dragón, La gran dama o Carta de Pekín. Como los libros de Pearl S. Buck (1892-1973) forman parte del imaginario literario que nos precedió y nadie puede negar su popularidad, al menos, hasta los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, cabe preguntarse si su lectura de La buena tierra continúa vigente.
La buena tierra (1931), publicada cinco años antes que Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell, inauguró un tipo de literatura popular, entre naturalista y romántica, que contaría con el favor del público de, prácticamente, todo el mundo. Inicialmente, vendió un millón y medio de ejemplares, fue adaptada al teatro, contó con versión cinematográfica de la Metro Goldwyn Mayer y recibió el Premio Pulitzer. Sirvió para que, después de su publicación, los escritores chinos de la época (excepción hecha de Lu Shun, quien, a pesar de haberse acercado a la temática campesina china no conocía de primera mano la realidad a la que se refería en sus obras) empezaran a escribir sobre el mundo rural chino. En Estados Unidos fue libro de lectura obligada para los estudiantes de secundaria y en la actualidad es posible encontrar libros de Pearl S. Buck en bibliotecas de Tanzania, Nueva Guinea, India o Colombia.
A pesar de que Pearl S. Buck conocía de primera mano la realidad de la que trata, pues vivió en la provincia de Anhui en que ambienta la acción, La buena tierra no constituye ni una obra testimonial, ni una crítica social, ni un documento. Ciertamente, el lector presencia escenas devastadoras, como aquella en la que O-Lan, la esposa del protagonista Wang Lung, vuelve a labrar la tierra minutos después de haber parido o aquella en la que Wang Lung carga con su padre anciano y enfermo a la espalda durante un largo trayecto a pie, que permiten al lector hacerse una idea de las condiciones de vida de la China rural previas a la invasión japonesa de 1931 y a la proclamación de la República Popular de 1949. Pero, por encima de todo, La buena tierra es una novela construida con personajes de carne y hueso; la historia de tres generaciones de la familia de un campesino pobrísimo que, partiendo prácticamente de la nada y gracias a la tenacidad y la constancia en el trabajo y a su vínculo inquebrantable con la tierra —fuente nutricia sujeta a los caprichos de unos dioses no siempre compasivos—, consigue hacerse con una importante hacienda y la propiedad de la Casa Grande, en donde su esposa O-Lan había sido esclava.
En la actualidad, La buena tierra puede resultar un poco farragosa: abundan las descripciones de detalles sin importancia aparente, tanto como ciertos aires psicologistas en el tratamiento de los personajes. Sin embargo, su lectura quizás sea grata a quienes se interesen por la comprensión de unas realidades “otras”. Porque, a pesar de ser hija de misioneros, Pearl S. Buck no pretendió juzgar la realidad en la que enraizó su escritura, sino comprenderla y hacerla comprender. Porque el saber que la novela es el fruto, por más tópico que parezca, del cruce entre oriente y occidente no le resta valor, sino que se lo suma. Porque en La buena tierra prevalece la autenticidad y la capacidad de ponerse en la piel del otro que implica cualquier acto de escritura, así como la posibilidad de hablar cara a cara con lo distinto, aunque a veces los hallazgos sean terribles. Y porque Pearl S. Buck, precisamente por todo lo apuntado, escapa a la injusta clasificación de la literatura según categorías de pertenencia nacional.

jueves, agosto 03, 2006

Viaje sentimental, Laurence Sterne

Traducción y postfacio de Max Lacruz. Funambulista, Madrid, 2006. 297 pp. 20,50 €

Marta Sanz

Mucho es lo que se ha dicho y poco lo que se puede aportar sobre la figura y obra de Laurence Sterne, autor irlandés (1713- 1768), al que debemos, entre otras piezas, este inacabado Viaje sentimental y Tristram Shandy, un clásico de la literatura que se constituye en objeto permanente de revisitas, tal vez porque eso que se llamó la posmodernidad, al menos, la literaria, ya estaba inventada en el corazón de la modernidad y de las luces: Sterne indaga en los límites entre los géneros, es un heterodoxo, un alquimista, que funde en sus crisoles el ensayismo, la literatura de viajes, la escena galante, la epístola, el cuentecillo y el diálogo cómico, en el marco de una trama que experimenta con los efectos de los «manuscritos encontrados», de la suspensión y de la elipsis. No por casualidad, Sterne admira a Cervantes durante un siglo en el que, en España, Don Miguel quedaba en los márgenes del canon, pese a haber marcado las pautas de la novela moderna y, por eso y a la vez, de la posmoderna: los influjos y las intertextualidades nos juegan a veces estas malas pasadas ucrónicas que, como apuntaba Borges, convierten la Historia, especialmente la historia cultural, en un círculo, un laberinto o una ficción en sí misma. Pese a la diversidad de un texto que consigue, a través de ella, entretener, lo más importante de este libro es la coherencia de la voz que da sentido a la pluralidad, dosificándola y reinterpretándola, para expresar una caudalosa alegría de vivir, un acuerdo tácito entre el ser humano y el mundo («Todo, todo ello proviene de ti, gran Sensorium del mundo que vibra si un cabello de nuestras cabezas cae al suelo, en el más remoto desierto de la creación», reflexiona el narrador...), un sensualismo casi desprejuiciado —totalmente desprejuiciado sería imposible hasta por parte de los más insignes inmoralistas—, pero no exento de esa «alma» que confiere al viaje estatus de recorrido sentimental y no de catálogo paisajístico: en el Viaje sentimental por Francia e Italia —Italia sólo se atisba, ya que hablamos de una obra inacabada— no salen monumentos, pero aparecen modistillas, encajeras y vendedoras de guantes, los mendigos de Francia, madames y nobles, que dibujan el mapa de la sentimentalidad del narrador, despertando su compasión, su prodigalidad, su mala conciencia, sus deseos, sus maldades y bondades, su humorismo y sus instintos, de un modo que hubiera sido imposible sin tales acicates, porque lo que se aprende de un viaje es lo que queda detrás de los filtros de los estados de ánimo, de la subjetividad y del contacto con los otros. A Sterne y a su narrador, les conmueve el género humano, la psicología, la sociología, las idiosincrasias nacionales, el descubrimiento del otro y de uno mismo a través de lo ajeno. En este sentido, las escenas eróticas trazan un panorama del amor sensual que, en su detallismo y sutileza, está vinculado con la estética rococó: el gusto por lo pequeño, la delicadeza, el insinuado toque libertino que se coloca en las antípodas de la pornografía, las normas vulneradas de la seducción- las pautas sociales y sus suaves fracturas estimulan la libido- los ardides galantes... El Viaje sentimental se interrumpe con una escena que es cualquier cosa menos abrupta y, apelando de nuevo a la magia de las intertextualidades que permite pasar el tiempo por la centrifugadora, recuerda a ese mítico momento en el que Clark Gable y Claudette Colbert comparten habitación en Sucedió una noche: separados por unas telas, también el narrador y una dama han de pernoctar en el mismo cuarto, después de haber convenido unas normas —los preámbulos son encantadores— que están pensadas para quebrarse y que provocan un murmullo: la fille de chambre de la dama acude, de modo que todo se enriquece sensualmente y, por el azar del fallecimiento del autor, se logra un final con fundido en blanco, casi insuperable... La lectura del Viaje sentimental es una experiencia en la que al lector no se le despinta la sonrisa: la alegría de vivir se desprende del tono de una narración en la que Le Fleur, el criado francés del narrador, Yorick —sí Yorick, como la calavera de Hamlet— es el símbolo de una felicidad y de una entrega, también de una curiosa inutilidad, que ofrece otra visión sobre el manido utilitarismo dieciochesco: Le Fleur sabe tocar música y complacer, pero no tiene ni la menor idea de cómo se arregla una peluca. Resulta también significativa la dignificación, está sí plenamente ilustrada, de las actividades artesanales y mercantiles, que se ejemplifica a través de la anécdota del pastelero, así como la obsesión por los estereotipos que, en el caso de Sterne, un escritor con alma de cómico, es obsesión por relativizarlos, a través de la parodia y de impagables reflexiones lingüísticas y, sobre todo, por medio del recurso de observar una cultura desde los ojos de otra para hermanar a los seres humanos; con menos sentido del humor, lo mismo hace Cadalso en sus Cartas marruecas: ejercer la crítica para mejorar y encontrar lazos de comunidad; el mérito añadido del libro de Sterne es que realiza tal esfuerzo “intercultural” en tiempos de guerra entre Inglaterra y Francia. Tal vez es que, como el propio Sterne escribe: «Un hombre que ría jamás será peligroso». Que los dioses le oigan, porque yo he visto cómo el presidente Bush se partía el pecho, aunque reconozco que a Aznar le costaba estirar la sonrisa. Quizás es que hay maneras y maneras de reír.

miércoles, agosto 02, 2006

El reflejo de las palabras, Kader Abdolah

Salamandra, Barcelona, 2006. 347 pp. 16,50 €

Marta Sanuy

Kader Aldolah es iraní y vive en Holanda, dos datos imprescindibles para adentrarnos en esta novela en la que desde Holanda mira hacia Persia. Con sus páginas podemos asomarnos, en primera persona, a los matices de aquellos hechos que solamente conocimos a través de noticias periodísticas y que nunca nos han mostrado la complejidad de este país —sus poemas, su geografía, sus costumbres o sus leyendas—, y que, por ende, tampoco nos han permitido entender su política. Esta novela nos acerca a esa necesaria comprensión y tan solo por eso es recomendable su lectura.
En las primeras páginas el autor nos pone al corriente de su estrategia literaria, aclara que en la novela hay tres voces; la del narrador omnisciente, que cuenta la historia de Aga Akbar desde su nacimiento, la de su hijo Ismail y la silenciosa voz del Akbar, recogida en los cuadernos de escritura cuneiforme que su hijo intenta descifrar. Aga Akbar es sordomudo, nació en la aldea del Azafrán, en la montañas de Senayan, zona fronteriza con la Unión Soviética, es hijo ilegítimo de un príncipe, conoce las cosas sencillas y se dedicará toda su vida a reparar alfombras. Las primeras páginas de este libro, las que cuentan la infancia y juventud del protagonista, podrían pertenecer a las mil y una noches, el autor omnisciente nos describe un mundo donde se mantienen creencias y costumbres ancestrales que están a punto de desaparecer. Cronológicamente la juventud de Akbar coincide con el reinado de Reza Kan (1923 -1941), padre del último Sha, Reza Pahlavi (1941-1979). En la novela se narran pormenorizadamente las consecuencias de la inversión obligatoria de las costumbres impuesta por la dinastía Pahlavi, su pasión por la modernidad, la urgencia por infundirla en todo el país que hizo que se prohibiera a las mujeres utilizar el velo o se destruyeran, con la llegada del ferrocarril, los lugares que eran considerados sagrados, iniciáticos, por ser remotos. Akbar, el silencioso, aparece siempre a través de otros, lo van perfilando con nitidez todos aquellos personajes que hablan de su padre a Ismail, y ya entonces, antes de que tome la palabra el hijo, sabemos que Ismail no es sólo su hijo, que la tradición le obliga a convertirse en su prolongación, en quien supla sus limitaciones, él es el único que domina del todo su lenguaje de signos y puede traducirlo y hablarle, es el responsable de que el padre entienda los cambios vertiginosos que se están produciendo, quien le relata el largo viaje, desde la Edad Media hasta el siglo XX, que se produce en el transcurso de su vida. Y esa isla de comunicación tan peculiar, desde la que se nos cuenta, es otro motivo para leer la novela
En la segunda parte Ismail toma la palabra para seguir contándonos la historia, la suya y la de su padre, la historia de su familia y la de Irán. Pero sobre todo la su padre, que retoma donde la dejaron los otros narradores. Conoceremos otras aventuras de Akbar; el viaje a Ispahán , el matrimonio con Tina, el traslado a la ciudad, el regreso, sus misteriosos viajes a la montaña, y sobre todo, el diálogo continuo con el hijo. Poco a poco Ismail nos empieza a hablar de si mismo; de su militancia política contra el Sha, de la guerra contra Irak, de su relación con las hermanas y su madre, de su propio matrimonio y la persecución a la que son sometidos los progresistas por parte del gobierno de Jomeini. Ismail ha logrado huir de su país y escribe desde Holanda, país al que convierte en otro elemento central de la novela ya que, si al principio decíamos que desde Holanda mira hacia Irán, también es cierto que desde Irán el protagonista mira Holanda, ese es el tercer motivo importante para leer esta novela, que nos proporciona el privilegio de ver nuestro mundo a través de otro punto de vista, ejercicio imprescindible para mantener la lucidez en nuestra época.

Algo acerca de Kader Abdolah...
Hossein Sadjadi Ghaemmadami Farahani es el verdadero nombre de este autor, nacido en 1954, que adoptó el de Kader Abdolah como homenaje a un amigo y compañero de la resistencia que fue asesinado. Estudio Física en la Universidad de Teherán, como su personaje Ismail, fue redactor de un periódico clandestino y huyo de su país en 1988 encontrando asilo político en Holanda, donde todavía vive. Escribe en holandés y ha publicado dos novelas y dos libros de relatos, colabora en uno de los diarios más importantes de este país, De Volkskrant, y ha obtenido muchos premios y reconocimiento. Además de esta novela está traducida al español El viaje de las botellas vacías, en Galaxia Guttemberg, también se puede leer alguno de sus textos en castellano en Radio Nederland http://www.informarn.nl/.
Abdolah contribuye con su pluma, junto al ugandés Meses Isegawa, el marroquí Abdelkadar Benali o la china Lulu Wang a un interesante renacimiento de las letras en los Países Bajos. Merece la pena prestar atención a estos nombres.

martes, agosto 01, 2006

Contar las olas. Trece cuentos para bañistas, varios autores

Selección y prólogo de Ronaldo Menéndez. Lengua de Trapo, Madrid, 2006;. 144 pp. 15 €

Pedro M. Domene

Las antologías del cuento tienen esa particularidad que no es común al resto de los libros, es decir, que no agradan en demasía a un sector de la crítica que ve condicionado el producto a una temática y así, la compilación, se somete a la censura de unas opiniones que, lejos de servir para constatar la validez de la obra de los antologados, aprovecha para arremeter, generalmente, contra el compilador y los autores seleccionados. Mucho me temo que aún en este país se levantan voces afirmando que se publican demasiadas antologías temáticas o generacionales que para nada engrandecen el panorama narrativo breve. Creo que se trata de una opinión que obligaría a un debate en torno al hecho en sí y, sobre todo, al trasunto que pueda haber tras la publicación. Si las editoriales montan sus antologías en torno al mar, la navidad, los oficios, los ferrocarriles, el otoño, la música, los animales, los niños, los abuelos, etc., algo parecido hacían los autores con sus propias obras en los 50 y los 60 y, si un antólogo consigue reunir un buen puñado de cuentos, habrá que reseñarlo desde esa perspectiva, aquella que nos muestra la variedad temática de unos relatos y el trabajo de unos autores en tanto que el material daría para un sinfín de antologías que proyectasen variedades tan amplias como interesantes. Y si queremos buscarle otro sentido a estas compilaciones, entonces lejos de engrandecer un género denostado de por sí, ayudaremos a que nuestros autores terminen por desaparecer del mapa literario en un país donde aún se selecciona poco y todo el mundo publica.
Todo este preámbulo para justificar que un editor encargue a un antólogo el trabajo de proporcionarle a un lector, activo o pasivo, la posibilidad de llevarse a la vista un puñado de cuentos de temática común pero de factura muy diferente y eso es lo que, a simple, vista se ha pretendido con Contar las olas. Trece cuentos para bañistas (2006), reunir, con la temática del mar como fondo, a un grupo de autores, casi todos, eso sí, bajo el manto de Lengua de Trapo, para refrescar el ambiente del verano en un país donde la gente descansa, precisamente, en la época estival y tiene más tiempo para trasnochar en las terrazas y tomar tinto de verano, alternar con algunas copas en las tertulias de madrugada y si queda algún resquicio durante el día, ejercer de lectores en la hamaca situada en la terraza de la casita alquilada o en una playa tranquila frente al mar, mientras los niños juegan y construyen sus castillos en la arena, y la pareja justifica, un año más, su estancia en el lugar y ante esas amistades veraniegas, las mismas que llevan viendo en los últimos años y repiten, siempre, la pregunta oportuna ¡qué estás leyendo ahora! Solo entonces tenemos tiempo para llevarnos un libro bajo la sombrilla para justificarnos como unos lectores que devoramos aquello que se nos pone por delante.
Quizá este haya sido el propósito de Ronaldo Menéndez quien, en el propio prólogo de la antología, escribe un auténtico relato para justificar que a alguien no le guste el mar y así se convierte en el único autor que tiene dos textos en su antología. El resto de seleccionados con técnica, temática, estilo o ese aspecto que reduce al relato a una digresión, que incluye una síntesis argumental y una condensación narrativa para exaltar la capacidad de sugerencia y evocación, como perspectivas tan líricas como narrativas. Además, por supuesto, de esas otras características del género, como la voluntad y afán por contar una historia, con los buenos ejemplos de Bonilla, el de F.M. o de Busutil, quienes mantienen esforzados planteamientos con respecto al cuento; de admirada devoción como Adón, Monteserín o el propio Menéndez y de una prometedora visión, como ya la tiene, Cerrada. Casi todos con esa historia, de mar, que sirve de elemento aglutinador del volumen.Y de paso que alguien vuelva la vista a una idea con ritmo, como se señala en la contraportada, y de alguna manera eleve ese tanto por ciento de lectores en la España que no supera el 50%, cifra aun muy lejos de una Europa devoradora de lecturas donde todo o casi todo cabe en sus bibliotecas. Lugares de los que, por cierto, andamos escasos o de una presencia más activa del libro en el núcleo familiar, si es necesario abaratando costes en ediciones de bolsillo para que, incluso, nos quepa junto al móvil. Y, para curiosidad de ajenos, algunos participantes afirman cosas tan variopintas como las siguientes: «el cuento es un fogonazo, una iluminación», «No pienso nada sobre los cuentos, me sumerjo en ellos», «es un género predilecto, como lector y como escritor», «el cuento es un golpe de mano», «un cuento son diez páginas en prosa» o «¿quién no querría conocer la solución al problema en sólo dos páginas?», de Vallvey, F.M., Bonilla, Busutil, Monteserín y Cerrada, respectivamente.
Yo, por el momento, sigo «contando las olas» y cada cual que aguante el oleaje si, después de todo esto, la tarde se pone fea.

lunes, julio 31, 2006

Hasta que te encuentre, John Irving

Trad. Carlos Milla Soler. Tusquets, Barcelona, 2006. 1.015 pp. 29 €

Pedro A. Ramos García

No nos engañemos: Hasta que te encuentre no es un libro cómodo para irse de copas o bajárselo al bar y echarle un vistazo mientras desayunamos. Este libro, escrito por John Irving y publicado por Tusquets, es de los que hacen lomo (como les gusta decir a los editores), son 1.015 páginas y eso sí que llama la atención.
Si nos atrevemos a abrirlo, no nos sentiremos decepcionados. Dentro encontraremos una prosa aguda, llena de ritmo y una fina ironía irlandesa que empapa las descripciones y los personajes. Es una road movie en el más amplio sentido de la palabra. La trama es muy sencilla: seguimos a Jack desde que tiene cuatro años hasta que llega a convertirse en un actor de éxito. Le seguimos literalmente, la palabra elipsis parece haber desaparecido del diccionario de John Irving, porque insiste en mostrarnos paso a paso la evolución de este huérfano (en muchos momentos, la madre parece más una hermana). De esta manera, vamos con Jack a un internado, asistimos a sus primeros escarceos, etc. pero hay, en mi opinión, dos momentos que destacan sobre el resto de la novela. El primero, cuando Jack, con cuatro años, viaja con su madre, tatuadora de profesión, en pro de un padre organista y mujeriego. Su objetivo, el de la madre, no es encontrarle sino que tenga presente lo que hizo. El segundo momento importante es cuando Jack, convertido en un actor de éxito (llega a ganar un Oscar, premio muy valorado por el público de EE.UU. y que sirve para vender entradas de cine en el resto del planeta aunque la película carezca de sustancia) repite aquel viaje. No es que el resto desmerezca, pero el paralelismo entre estos dos viajes y lo que se nos desvela provoca que se nos fijen estos momentos y no el resto de la novela que, en manos de cualquier otro plumilla, no pasaría de la categoría de «cúmulo de anécdotas y demasiadas biografías», pero que gracias a la prosa de Irving nos mantiene despiertos toda la noche y sólo nos damos cuenta cuando el amanecer se cuela por la ventana. Salimos del trance: ahí están las cuatro paredes, la lámpara encendida, el ruido de los primeros coches en despertar…
Si afirmo que la única diferencia insalvable entre cine y literatura, dos armas que John Irving ha demostrado saber manejar, es la extensión, imagino que muchos puristas del séptimo arte y otros tantos literatos se llevarán las manos a la cabeza, pero el cine, comercial o no, dura un hora y media aproximadamente (es lo que hay, lo siento por los puristas), pero ¿cuánto dura un libro? Éste tiene 1.015 páginas, recuérdenlo cuando lo estén disfrutando. Por supuesto, la idea no es mía. Se la escuché a un maestro que quizá lea estas líneas.